lunes, 2 de noviembre de 2009

Erratas comunes: prejuicio-perjuicio

Reconozco mi mirada prejuiciada cada vez que me sumerjo en la red de redes, y aunque desearía ver defraudada esta aprensión, sigo encontrando esos textos que deberían ser demandados por daños y perjuicios al idioma español:

“Supermercado Santa Isabel - Indemnizacion Por Daños Y Prejuicios”. Cita original 
“PARLACEN PODRÍA DEMANDAR A PANAMÁ POR DAÑOS Y PREJUICIOS”. Cita original aquí y aquí 
“Serie: Damages (Daños y prejuicios), Temporada 2”. Cita original

Prejuicio: “acción y efecto de prejuzgar”, “opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”, no guarda relación alguna con el sentido de daño y detrimento que se le da en los ejemplos anteriores donde lo correcto hubiera sido emplear el término –parónimo– perjuicio.

Perjuicio, del latín praeiudicium, “efecto de perjudicar”, es el sustantivo que debe ser usado cuando queremos referirnos al daño, detrimento, menoscabo, pérdida, estrago, percance… del cual ha sido objeto alguien o algo y no debe confundirse con prejuicio, voz que se refiere al juicio previo o idea preconcebida que poseemos con respecto a determinado sujeto o hecho.

Debe decirse: “daños y perjuicios” y NUNCA: “daños y prejuicios”.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Erratas famosas

Surfeaba por Internet y me topé con este delicioso artículo. Lo traslado íntegro porque me parece necesario  y divertido a la vez.


José Prats Sariol



El temor a la errata es la única inmoralidad que puede cometer un escritor que escriba con libertad y libertinaje

(Ramón Gómez de la Serna)




Me encanta una aparecida en el siglo XIX, en El Nuevo Regañón. La afirmación debía decir: “Un oído delicado es imprescindible a todo buen poeta”. Y apareció: “Un odio delicado es imprescindible a todo buen poeta”. Cuando José Lezama Lima me la mostró en la antigua Sociedad Económica de Amigos del País, se limitó a comentar —asma risueña— que el ángel de la jiribilla y no la desidia de un tipógrafo, había colocado la frase en su sitio exacto.
Pero no todas las célebres erratas cubanas tienen una ligera carga de perfidia. Hay boleros de más ponzoña. Un testigo de ritmo sistáltico me contó que cuando Manuel Altolaguirre editó en su transterrada La Verónica un cuaderno de Emilio Ballagas, había un verso que decía: “siento un fuego atroz que me devora”. La picardía andaluza lo volteó a “siento un fuego atrás que me devora”. Y el escándalo, en la pudibunda sociedad habanera de la época, obligó al grave poeta —profundo lector de Luis Cernuda— a echar en la bahía los ejemplares que logró salvar de las librerías viperinas, embriagadas con la alusión.
Una de aparente equívoco implicó a una pianista cuyo nombre prefiero no aterrizar aquí. Apenas hubiese trascendido, pues sólo era una be por ge, pero obtuvo aquiescencias entre los hombres que lo apreciábamos: “Su buen busto armó un programa delicioso”. Y despertó curiosas solturas de la imaginación entre los que nunca habían tenido la oportunidad de conocer el programa, cuyas delicias al teclado parecían a veces mozartianas, a veces un tropical homenaje a Il piacere de Antonio Vivaldi. Años después descubrimos que el autor había sido un antiguo adicto, feroz musicólogo que mitigaba sus nostalgias en un dodecafónico busto sin gusto.
Recuerdo que en el Madrid de 1995, mientras realizaba una investigación en la Biblioteca Nacional, solía coincidir con un alicantino que las coleccionaba. Mientras degustábamos los tres platos en el comedor del sótano, ya en el postre, me lanzaba sus dardos a los ojos, con la vista en mi risa. Algunas aún las tengo. Poco después descubrí que la de Max Aub, en Crímenes ejemplares, estaba entre las más famosas: Errata. “Donde dice: / La maté porque era mía. / Debe decir: / La maté porque no era mía”. Menos literaria, pero tan sacrílega fue la de “La Putísima Concepción”, donde la pureza parece que pernoctaba fuera de casa. De esas rápidas está la de “Necesito mecanógrafa con ingles”, que olvidaba el inglés de Ezra Pound. “La Dama de las Camellas” y “La esposa que dirigía al marido miradas de apasionada ternera”, mantienen abierto el potrero…
Oí o leí que eran tantas las erratas que cometían en una imprenta nicaragüense, que un poeta incluyó en el machón la siguiente solicitud: “Erratas a juicio del lector”. Aunque el record parece en poder nada menos que de la Suma teológica, pues su fe de erratas ─en la edición del dominico F. García en 1578─ logró ocupar ciento once páginas, algo que nos deja anonadados, palabra que alude filológicamente a un ano ahogándose.
¿Alguna vez padeció Maqroll el Gaviero ─que el gran Álvaro Mutis hizo célebre─ que le anotaran un huracán caribeño en su libro de Pitágoras?¿Será absolutamente cierto que a una errata debemos el Fondo de Cultura Económica, pues debió llamarse Fondo de Cultura Ecuménica?  ¿A cuál ensayista mexicano pertenece la del “joven crudito” por erudito? ¿No dice el antiguo diccionario Espasa ─como refiere Pío Baroja─ La feria de los desiertos cuando la obra se llama La feria de los discretos? ¿Quién sustituyó “la orgullosa tinta” que alababa a un político venezolano por “la orgullosa tonta”? ¿Cuál actriz de Almodóvar se levantó una mañana barcelonesa no con el ceño, sino con el coño fruncido?
De la saña erratibunda no se libra ni el mandarín, quizás como forma de lucha contra la desgana y la rutina, aunque en algunos académicos la cacería se vuelva pedante confesión de impotencia artística, síndrome de referencista hirsuto. Frente a ellos se sabe, por ejemplo, que Joyce jugó con erratas y homónimos, mitigó sus dolores de muela y sus clases de inglés a señoritas de Zürich con los equívocos que su condición de poligloto le propiciaba.
El italiano exhibe esta delicia en una edición de De los sepulcros de Ugo Foscolo. Los versos debían decir: Sol chi nos lascia ereditá d’afetti, / poca gioia ha nell’urna: Resultó que trasladaron la coma de lugar: Sol chi nos lascia ereditá, d’affetti / poca gioia ha nell’urna. Y el resultado afirma que solamente quien no deja herencia, de afectos tiene escasa satisfacción en la tumba. En francés se recoge que tras la muerte de un banquero el diario apuntaba que “Francia acababa de perder a un inútil”, es decir, escribieron homme de rien por homme de bien. En Londres es célebre este ligero cambio: God save the Queen por God shave the Queen, aunque nunca se aclaró si la reina gustaba de que Dios la afeitara con navaja o con Gillette.
Ninguna lengua está exenta de nuestras pertinaces amigas, ni de las bromas que propician. Voltaire cometió una con Juan Francisco Boyer, que había sido obispo de Mirepoix, y firmaba l’anc. Evèque de Mirepoix. El malévolo escritor cambió anc (ex) por ane, y así quedó como “el asno obispo”.  Una tarde en un café de la Rue Rivolí me contaron que una nota sobre el estado de salud de Jerónimo Napoleón, rey de Westfalia, alteró mieux por vieux, y decía: “El estado del augusto enfermo ha mejorado durante la noche. A la hora de entrar el diario en máquina el viejo persiste”.
Mark Twain advertía del peligro en un libro de medicina, pues “podemos morir por culpa de una errata”. Pero ningún genuino humorista ─y el novelista de Missouri era uno de ellos─, puede odiar deslices verbales y yerros impresos. Alguien consciente de que lo fatal es tomarse demasiado en serio, hasta ríe cuando la encuentra en uno de sus escritos. No parece casual que hombres de temple trágico como Proudhon se ganaran el pan como correctores modélicos… Tampoco que las nuevas técnicas de impresión computarizada hayan estropeado la tradición que unía al autor con el editor y el corrector.
El argentino José Fontana cuenta en El gráfico moderno: “Cada casa impresora de libros disponía de un corrector y un editor. Este último estaba encargado ─además de asesorar al corrector─ de la previa revisión general, gramatical y ortográfica de las pruebas, aunque el verdadero responsable de todos esos detalles era el corrector, a quien se escogía entre los literatos más capaces y conocidos. El corrector era, pues, el hombre de confianza y la ayuda más valiosa del autor. Muchas obras deben en parte su celebridad al hecho de haber sido corregidas por ilustres correctores, cuyo amplio y variado saber contribuía al renombre de las imprentas a que pertenecían”.
Con nostalgia recordaba Eliseo Diego la imprenta de Ucar García y Compañía en La Habana Vieja de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo. Cada una de nuestras ciudades relevantes tenía un sitio similar, donde frecuentaban los más notables escritores y artistas, donde el olor de la tinta y el ruido de las linotipias acrecentaban las tertulias, mientras el autor agraciado con las pruebas de agua añadía el puntico a una jota o el prefijo a olvidado ante histórico; mientras pedía silencio y escudriñaba una construcción macarrónica o tenía el coraje de suprimir un párrafo endeble. Y aun así, al final, las erritas agridulces le regalaban un anacrónico período augustiniano por agustiniano, el fantasma de un sustantivo jamás escrito, un salto de línea digno de las olimpiadas de invierno o al tenaz y travieso Alejandro El Glande
Entre las más famosas diatribas contra las chifladas que liban y pierden el rumbo, está la del esperpéntico madrileño Ramón Gómez de la Serna. Su artículo “Fe de erratas”, como se esperaba siempre de él, fue una hiperbólica resignación. Y mantiene “metáforas con humor”, greguerías.  Dice: “La errata es un microbio de origen desconocido y de picadura irreparable. Quizás Dios no sólo dijo a la mujer: ‘Parirás con el dolor de tu vientre’, y al hombre que ganaría el pan con el sudor de su frente, sino que añadió, suponiendo al intelectual que no suda: ‘Y tú, hombre, sufrirás cuando seas intelectual, la mordedura atroz de las erratas’”. Sigue un párrafo de mansedumbre atemporal, poscibernético: “Así sucede que después de que hemos corregido segundas, terceras y cuartas ‘pruebas’; después que nos hemos cansado de poner ¡¡OJO!! ¡¡OJO!! Al margen de las correcciones difíciles; después de que hemos leído el primer pliego salido de la máquina y hasta la hemos mandado parar para que corrigieran las últimas erratas, sin embargo, a la postre, hay erratas aún. (…) he deducido que la errata es un microbio independiente a la higiene del escritor y del cajista. La errata que tiene vida y sagacidad propia se disimula detrás de una supuesta corrección y no saca sus tentáculos sino después de implantada la forma en la máquina, o si aún ahí se la persigue, espera a que vayan tirados los cien primeros ejemplares correctos para brotar después”.
Después sugiere que desaparezcan las fe de erratas, “con permiso de la Academia”, pues “demuestran un espíritu timorato y en medio de todo, sobrecogido de miedo a los otros”. Finaliza proclamando nuestra indefensión: “La errata es inextricable. Matamos la plaga, pero quedan las nuevas: la errata está adherida al fondo de las cajas…, y en vano el fuelle de las imprentas sopla los días de limpieza en los cajetines de la caja para aventar el polvo y las erratas. (…) La errata es inextirpable, quizás más que nada, porque representa la mala intención de que está llena la naturaleza y la envidia insana que la posee. El temor a la errata es la única inmoralidad que puede cometer un escritor que escriba con libertad y libertinaje”.
No es casual que José Esteban termine su ameno Vituperio (y algún elogio) de la errata con el libelo de Gómez de la Serna. Y es que las casi siempre ingeniosas erratas que allí cita, merecen culminar en el artículo del prolífico nihilista. La labor de Esteban enriquece una persecución que tiene antecedentes tan notables en perseguidores —Cortázar las cazaba en su prolijas anotaciones al margen de los libros— de la talla de Julio Casares o del argentino Pescatore di Perle que escribiera la Antología del disparate, del cubano José Zacarías Tallet y su Gazapos o de tantos aficionados como Juan José Arreola, que en el puto punto quizá padecemos de un seudo —o sado— masoquismo.
En el Vituperio aparece una bien agridulce: “Al emplear el aparato de mi invención  para pecar a distintas profundidades, conviene poner un termómetro en el punto de amarse” (Por pescar y amarre). El doble sentido ha dado no pocos gustazos, equívocos punzantes, erratas o erradas dignas de un soneto de Quevedo. En las encumbradas páginas sociales de El Diario de la Marina, el arrebatado cronista escribió acerca de una católica pareja, cuyo matrimonio reseñaba con una cursilería digna de una compatriota novelista cuyo nombre se me ha perdido: “Prepararon su nido de amor paja a paja”. Aquí la errita bailó —lésbica y cursi— con la anfibología, pues paja en Cuba, como en Andalucía y otras tierras, también significa masturbar… La balada le salió balido al ambiguo gacetillero, como si se adelantara a las paronomasias de Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres.
Se sabe que las erritas —cambio que tomo del célebre machón que afirmaba no tener erritas— avispan la picazón en los autores que las reciben. Terminan odiando a los correctores y editores, hasta presentando demandas judiciales ante la plaga que sin piedad desmoronó su texto. Neruda confesó en Para nacer (algún enterado le escribió beber) he nacido: “Mi próximo libro entra y sale de las imprentas sin decidirse a mostrarme la cara. Se ha visto envuelto en la guerra de las erratas. Este es el sangriento campo de batalla en que los libros de poesía comienzan a doler al poeta. Las erratas son caries de los renglones, y duelen en profundidad cuando los versos toman el aire frío de la publicación”.
Y el poeta chileno tuvo suerte. Una vez le cambiaron “el agua verde del idioma” por “el agua verde del idiota”, para que nos dejara este valioso párrafo: “Sentí el mordisco en el alma . Porque para mí, el idioma, el idioma español, es un cauce infinitamente poblado de gotas y sílabas, es una corriente irrefrenable que baja de las cordilleras de Góngora hasta el lenguaje popular de los ciegos que cantan en las esquinas. Pero ese idiota, que sustituye al idioma es como un zapato desarmado en medio de las aguas del río”.
Sin embargo, y con ellas termino, a veces favorecen al texto, como la de odio por oído referida a los poetas. Lo enriquecen, mejoran el original. Hay erratas que Alfonso Reyes consideraba dichosas porque innovaron sus versos. Uno que debería decir: “más adentro de tu frente” se transformó en “mar adentro de tu frente”. Y “De nívea leche y espumosa”, tras el pase mágico quedó: “ De tibia leche y espumosa”. En el mismo artículo “Escritores e impresores” ─incluido en La experiencia literaria─, Reyes elogia otra que le regalaron. En lugar de “La historia, obligada a describir nuevos mundos”, el talentoso tipógrafo le colmó de honduras la frase al sustituir describir por descubrir.
La óptica lúdica ─tema trágico por la absurda abstinencia─ gana nuevos adeptos, capaces de relativizar el error, encarar las pifias y los resbalones como señas divinas de que somos polvo, como forma clave del zen… Tal vez no sepamos bien que la teoría del error es signo crítico en matemáticas y en didáctica, en economía y hasta en geriatría… ¿Hay que citar Contra el método de Feyerabend?  Mejor recordar al doctor Bernard Rieux en La peste de Albert Camus, cuando reflexiona sobre el error como una distinción clave de nuestra especie. Una errita le guiña el ojo, asiente.


Tomado del blog de Emilio Ichikawa 

martes, 27 de octubre de 2009

Errores comunes: acechar-asechar

Los verbos acechar y asechar tienen un mismo origen, el término latino assectari = “perseguir, ir al alcance de alguien”, y su uso fue indistinto por mucho tiempo. Con la evolución semántica del idioma cada uno tomó su propio camino: acechar terminó por significar “observar, aguardar cautelosamente con algún propósito” y asechar se limitó a “poner o armar asechanzas”, es decir “engaños o artificios para hacer daño a alguien”. Como el límite entre ambas voces es muy estrecho, es común el mal empleo de ambas:
“Ardilla al asecho!!!” Cita textual
“Un enemigo al asecho.”Cita textual
“¡Lombrices al asecho!” Cita textual
“IRIS al asecho” Cita textual

Asechar es un verbo de uso restringido, escaso y se inclina fundamentalmente por el empleo del sustantivo asechanzaAcechar, por su parte, ha dado preferencia al sustantivo acecho, y es el que se emplea como locución adverbial en las formas: aldeen acecho: “observando y mirando a escondidas y con cuidado”, que es como debía haberse empleado en los ejemplos anteriores.
Por otra parte, y una aclaración necesaria: la acción de acechar puede ser ejecutada tanto por los humanos como por los animales, mientras que el asechar, por la intención dañina y planificada que implica, es obviamente un acto único y esencialmente humano.

jueves, 22 de octubre de 2009

Erratas comunes: Carabela - Calavera



La Niña, La Pinta y La Santa María son bastante conocidas por todos los habitantes del Nuevo Mundo. Fama adquirida luego de que el Gran Almirante se aventurara, en aquellos tres cascarones de huevo, a enfrentar lo desconocido.

Estas antiguas embarcaciones se denominan carabelas  –con excepción de La Santa María que era una nao–, eran muy ligeras, largas y estrechas, con una sola cubierta –¡menudo viajecito!–. Sin embargo, el término suele emplearse erróneamente y adquirir un significado siniestro:
“[…] y yo sorprendido ante tanta carabela y esqueleto, pregunté: qué muertos.” Cita textual.
“Pero esta gente, el día de los difuntos, se pasan el día en el cementerio, comen allá, ponen altares a los difuntos, y se crea una enorme parafernalia alrededor de las carabelas, los cementerios, y los muertos.” Cita textual.
“En Honduras se encontró en 1927 una carabela maya hecha de cristal de cuarzo, totalmente transparente.” Cita textual.
“Cinturón negro con tachones y una carabela sobre una cruz en la hebilla.” Cita textual.
Se trata de un intercambio de palabras parónimas: carabela por calavera.

Los vocablos parónimos son aquellos que se diferencian muy poco en su estructura y pronunciación, pero se escriben diferente y no tienen el mismo significado. Algunos ejemplos serían revelar-relevar, perjuicios-prejuicios –de las que hablaré en otra ocasión– y, por supuesto, carabela-calavera.

En los ejemplos anteriores se está haciendo referencia al ‘conjunto de los huesos de la cabeza mientras permanecen unidos, pero despojados de la carne y de la piel’, uno de los muchos significados del sustantivo calavera.



También suele aparecer un híbrido de ambas: caravela, pero en este caso no se trata de ningún tipo de intercambio sino de una invención total (sin hablar de que en el ejemplo siguiente no logré descifrar el contenido del mensaje, porque la susodicha no es la única innovación):
“Caravela en un ataul.” Cita textual.

martes, 13 de octubre de 2009

Redundancia: falso pretexto

Cada cierto tiempo padezco cruentas cruzadas familiares dedicadas a rescatarme de la vorágine de trabajo que supuestamente va a matarme. Padres, tíos, hermanos, tías abuelas… se confabulan para planear aburridas reuniones de las cuales ansío escapar cuanto antes para ir a zambullirme en el acogedor espacio de mi oficina.

Como he adquirido experiencia, la mayoría de las veces no me dejo atrapar y pretexto algún compromiso ineludible, una gripe contagiosa, la quinta rotura del carro en solo un mes…: todo vale a la hora de escapar de mis “graciosos” sobrinitos y “frágiles” abuelitas.

Un pretexto –voz masculina proveniente del latín praetextus– es un “motivo o causa simulada o aparente que se alega para hacer algo o para excusarse de no haberlo ejecutado”. En fin, es una excusa falsa, que como ya he explicado puede tener una buena justificación. :)

Sin embargo, es frecuente encontrar en el uso cotidiano la expresión falso pretexto, frase redundante si el término pretexto tiene ya esa connotación de algo simulado, aparente, fingido, falso.

Algunos ejemplos de cómo no debemos expresarnos:
“La Colonización de Europa. Guillaume Faye. Capítulo VIII. EL FALSO PRETEXTO DE LA EXCLUSIÓN”. Cita textual.
“[…] quienes, bajo el falso pretexto que algo había sido detectado en sus maletas, lo detuvieron y trasladaron a una sala”. Cita textual.
“[…] con el falso pretexto de la existencia de armas que suponían un riesgo para la seguridad de Estados Unidos”. Cita textual.
“Otras veces se escudan en el falso pretexto de que las causas de nulidad son interminables y pueden durar años.” Cita textual.
“Mafias en el falso pretexto de negocios anunció que se les debe dinero”. Cita textual.

lunes, 12 de octubre de 2009

Erratas comunes: Sesgar - Segar

En las noticias relacionadas con accidentes o conflictos bélicos son frecuentes, por desgracia, las referencias a víctimas mortales. Las consecuencias de estas calamidades son devastadoras y en reiteradas ocasiones sus daños se extienden al idioma:
“El primer ataque mortal se produjo el 8 de julio de 2006, cuando la explosión de un artefacto sesgó la vida del soldado Jorge Arnaldo”. Cita textual.
“Ocaña sesga la vida al parque Cruz Conde”. Cita textual.
“[…] creo que todos estamos de acuerdo que el sesgar una vida es notablemente malo”. Cita textual.
“¿Acaso no es complejo entender como los sujetos simples de una organización terrorista tienen como objetivo global sesgar la vida de los demás?”. Cita textual.
“¿Será que el Capo sesga la vida de las dos mujeres que más ha amado en su vida?”. Cita textual.
El verbo sesgar, utilizado impropiamente en estos ejemplos, significa “cortar o partir en sesgo (esto es torcido, cortado o situado oblicuamente)”, también “torcer a un lado” y “atravesar algo hacia un lado”: conceptos que no guardan relación alguna con el acto de quitar la vida a una persona.

Segar, por su parte, del latín secare = cortar, es “cortar mieses o hierba con la hoz, la guadaña o cualquier máquina a propósito”, “cortar de cualquier manera, y especialmente lo que sobresale o está más alto” y “cortar, interrumpir algo de forma violenta y brusca”. A partir de esta última acepción es que el verbo segar se emplea como sinónimo de asesinar o matar en la expresión segar vidas.

martes, 6 de octubre de 2009

Erratas comunes: Adolecer

Cuando los titulares o noticias adolecen de incorrecciones y oscuridades en la redacción pierden todo su impacto y pasan a ser trabajosos ejercicios de comprensión. Las consecuencias son múltiples: se pierde el interés por el mensaje en sí, se deforma el contenido, se propaga una vez más el error a través de un texto enfermo, estéril… ¿Es que no nos preocupa la salud del lector?

Un caso muy común del virus de la escritura ineficaz se propaga a diario impunemente:
Cuando La Década Adolece De Genialidad // Es grave cuando la época adolece de genialidad aunque, como todo, ya ha pasado”. Cita textual.
“La Contabilidad adolece de una comunidad académica que consolide la disciplina entre todas las partes // la contabilidad adolece aún de consolidar una verdadera comunidad académica que dé cuenta del debate riguroso sobre los elementos centrales para la consolidación de un ethos disciplinario entre los contables”. Cita textual.
“Difícilmente se puede comprender una estructura paisajística si se adolece de los conocimientos adecuados de su criptosistema implícito”. Cita textual.
Adolecer no es sinónimo de carecer como, a todas luces, se pretende en estos textos. Su significado, contenido en el DRAE, es “tener algún defecto o padecer de algún mal”. Así, sería correcto:

“Cuando la época adolece de mediocridad”, “cuando la época carece de genialidad” o, incluso, “cuando la época adolece de falta de genialidad”.

De esa forma estaríamos indicando, correctamente, que la época padece el mal de la mediocridad o de la falta de genialidad y, si no está claro, pues más simple sería utilizar la expresión “carece de genialidad”, la cual, en resumidas cuentas, expresa el mensaje que en principio se deseaba comunicar.

Para no incurrir en estos errores es aconsejable no emplear el verbo adolecer cuando se quiere destacar la carencia de algo, y recurrir a él sólo para indicar el padecimiento de un mal o defecto. En su uso no podemos olvidar que el complemento que denota el defecto o mal siempre va precedido por la preposición de.

No adolezcamos de incoherencias en la escritura.